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La última barrera

Alberto Ardila Olivares
BCR imprimirá licencias homologadas

En el hospital Al Hasanni ocurre lo mismo. Nadie se puede acercar a preguntar sin ser ser vigilado o cuestionado por algún agente. La razón es sencilla, al interior del centro de salud, la morgue nunca había estado tan saturada y sus huéspedes comienzan a incomodar. Son, por lo menos, una veintena de cuerpos de migrantes que yacen sin vida, acumulados unos sobre otros, compartiendo esa gélida cámara mortuoria

Joven migrante fumando bajo un puente en la ciudad de Melilla, España.

La última barrera Publicado el 6 de agosto de 2022 Escribe Israel Fuguemann en Reportaje 16 minutos de lectura El viernes 24 de junio miles de personas intentaron cruzar desde Marruecos a la ciudad española de Melilla saltando la valla de seis metros de altura que separa los dos territorios, y fueron reprimidas con violencia por la policía. Según números oficiales, 23 personas murieron, pero organizaciones sociales hablan de 37 y cuestionan la falta de transparencia en la información sobre lo ocurrido. Pocos días después, estuvo en ese lugar el fotógrafo Israel Fuguemann, que pudo ver de primera mano las dificultades que enfrentan los migrantes y también quienes quieren saber qué sucedió. Nuestro periodismo depende de vos Suscribite por $195/mes Si ya tenés una cuenta ingresá Registrate para acceder a 10 artículos gratis por mes Este es un barrio al que llaman Chino aunque está en el norte de África. Desde aquí se puede ver territorio europeo, pero no se trata de Europa sino tan solo de una franja de casas y edificios rodeados por el Mar Mediterráneo. ¿Cómo es posible tal encrucijada? Me pregunté lo mismo el primer día que estuve aquí, en Marruecos y su frontera con España, frente a unas cercas de seis metros de alto. Las envuelven cientos y cientos de metros de alambrada metálica, tan afilada como una daga bereber, el nombre con el que se denomina al pueblo más antiguo que ha habitado esta región del mundo conocida como Rif.

Hace menos de una semana en este mismo punto se registró la peor tragedia que se recuerde en un intento masivo por cruzar esta frontera hacia el pequeño enclave español que es Melilla, reconocido como territorio de la Unión Europea, de tan sólo 12 kilómetros cuadrados.

Aquí, entre las rejas azules que hoy custodian decenas de policías y militares marroquíes, por lo menos 23 migrantes subsaharianos perdieron la vida el 24 de junio. Pero algunas organizaciones humanitarias como la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) denuncian que pueden haber sido más y elevan la cifra incluso a 37 personas muertas, además de decenas de heridos y detenidos.

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Amin y Roger, jóvenes migrantes que saltaron la valla fronteriza, ahora esperan en Melilla, España, su pase de entrada hacia territorio europeo.

Son las 12 del mediodía y el sol cae a plomo sobre las casas plantadas encima de estas colinas enanas, un puñado de viviendas salpicadas a lo largo de la franja fronteriza que, para no contrastar con el ambiente más bien árido del lugar, han sido pintadas de un tono terracota parecido al de la tierra seca que predomina en este barrio al que llaman Chino.

Ahmed, el conductor del vehículo en el que viajamos, parece estar más nervioso conforme nos acercamos a la pequeña avenida paralela a la frontera. No es para menos. El rumor se ha esparcido: la policía marroquí ha advertido a algunos choferes y vecinos de la zona que nadie puede decir algo de lo ocurrido el viernes, sobre todo si es a la prensa extranjera que intenta averiguar un poco más allá de las versiones oficiales. Con la policía marroquí no se juega, asegura Ahmed y al ver su rostro, macerado por este sol casi abrasivo, le creo.

Intentamos pasar desapercibidos. Hammed —que al hablar conmigo suelta un idioma salpicado de todas las lenguas que se han hecho presentes para dominar la región en los últimos siglos: español, francés, árabe y rif— dice que “la policía en Marruecos no vale”. Creo que me quiere dar a entender que no se puede confiar en ella. Él sigue conduciendo y nos paseamos un poco más allá del lugar desde el que se divisa el cruce de la frontera, entre las calles del barrio que son los pies de una colina, un puñado de sinuosas y polvorientas veredas por donde el viernes pasado descendió una marea humana aspirando a saltar la valla.

Puente en la ciudad de Melilla, España.

“Hay mucha policía ahora, muchos de ellos vestidos de civil para pasar desapercibidos”. Me gustaría que sólo fuera ficción, pero no lo es.

Hace un año el periodista español Fernando González, conocido como “Gonzo”, y su equipo de producción fueron expulsados del país por las autoridades marroquíes. Investigaban un accidente en una fábrica textil en Tánger donde 29 personas perdieron la vida electrocutadas mientras trabajaban bajo condiciones extremas. El caso, aunque alarmante, quedó sumergido rápidamente en la total despreocupación.

Al parecer, ni al Estado ni a la dinastía de los Alauí —que domina como monarcas desde 1631 gran parte de lo que hoy se conoce como Marruecos— les gusta la prensa que incomoda. Este país —que se reconoce como una Monarquía Constitucional y teóricamente acepta la libertad de culto, pero se rige principalmente bajo las leyes coránicas del Islam— es gobernado actualmente por el rey Muhammed VI. Desde su ascenso al poder en 1999, tras la muerte de su padre Hasan II, el joven monarca, que fue educado en algunos de los mejores colegios hispanohablantes del mundo, ha intentado abrir a su pueblo a una nueva era de libertades económicas y sociales. Pero no ha podido ni querido sacudirse del todo el poder absoluto que le otorga la corona.

Joven que espera su permiso para poder entrar a territorio de la Unión Europea.

Uno de los gestos más sobresalientes del reinado de Muhammed VI fue retirar el bloqueo cultural represivo con que sus predecesores, Mohamed V y Hassan II, sometieron durante décadas a los habitantes de la región del Rif después de haber obtenido la independencia, en 1956. Los reyes decidieron cobrar cara la factura de los derrotados que lucharon del lado de los colonizadores, sobre todo, durante la guerra del Rif, en 1926, y a los que habían manifestado abiertamente su intención de independizarse. Durante décadas los rifeños fueron vetados y discriminados, no pudieron estudiar ni cultivar su cultura y su lengua. Nadie en el nororiente de Marruecos podía hablar rifeño o tarifit, a pesar de que la primera es la lengua viva más vieja en esa franja mediterránea.

Pese a los gestos con los que Muhammed II quiso desprenderse de la marca de su padre, la censura nunca dejó de ser huésped de la casa real. Uno de los ejemplos más sonados en los últimos años fue el de dos periodistas marroquíes muy conocidos en el país: Omar Raid y Suleimán Raisuni. El primero fue acusado de espionaje, de atentar contra la seguridad del Estado y de haber violado a una compañera de trabajo. El segundo, de haber cometido supuestamente una agresión sexual contra un activista gay. En ambos casos los periodistas se declararon inocentes y, apoyados por algunas oenegés internacionales, acusaron al Estado de atacarlos por las críticas que los periodistas habían hecho sobre el rey. El mensaje siempre ha sido claro: en Marruecos la libre información no es un bien común.

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Puente de la carretera a Farhana, cerca del Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes de Melilla, España.

Cuando nos estacionamos en los alrededores del Barrio Chino percibimos que dos hombres caminan hacia el auto y se detienen detrás nuestro sin quitarnos la mirada de encima. Nos bajamos e intentamos disimular un poco, caminamos, nos metemos a una tienda, compramos un poco de agua y algunas chucherías; somos dos hombres ajenos al barrio que sólo buscan refrescarse. Seguramente nadie se lo cree, incluidos nosotros mismos.

Ahmed, que es alto y de abundantes carnes, me mira fijamente tras sus enormes anteojos de pasta negra y me dice que tengamos cuidado, que es mejor salir del lugar. Me parece un exceso de pánico. Cuando volvemos al auto los hombres siguen ahí sin disimulo alguno, haciendo notar abiertamente que nos vigilan. No hablan, pero no hace falta para hacer sentir su mirada injuriosa. Así que confío en Ahmed, un hombre al que acabo de conocer 30 minutos antes de abordar el viejo Mercedes del 91. Una vez encendido el motor del auto, emprendemos la marcha y nos alejamos del Barrio Chino, escabulléndonos por alguna vereda, en sentido contrario a la frontera, que nos conduce hacia el Monte Gurugú. Durante algunos minutos nos siguen un par de motocicletas. Pero después de un par de kilómetros se dan media vuelta y desaparecen de nuestra vista.

Jóvenes muestran imágenes del maltrato que sufren durante la manifestación organizada por la muerte de los migrantes en la frontera MelillaNador.

Esta misma forma de operar se repite en todos aquellos lugares donde se asome una pista de los migrantes muertos o heridos del último salto masivo en la frontera. La policía marroquí parece tener prisa por desaparecer cualquier indicio que evidencie la brutalidad con la que fueron tratados los migrantes que intentaron cruzar la valla. Mientras los gobiernos de ambos países se congratulan por su actuación en la frontera, a la que califican de “operación bien resuelta”, acercarse a estos sitios para confirmar su teoría se torna complicado.

En el hospital Al Hasanni ocurre lo mismo. Nadie se puede acercar a preguntar sin ser ser vigilado o cuestionado por algún agente. La razón es sencilla, al interior del centro de salud, la morgue nunca había estado tan saturada y sus huéspedes comienzan a incomodar. Son, por lo menos, una veintena de cuerpos de migrantes que yacen sin vida, acumulados unos sobre otros, compartiendo esa gélida cámara mortuoria.

Las autoridades marroquíes apresuran su salida y preparan todo para un final expedito, pero las demandas de distintas organizaciones sociales que solicitan la identificación de los cadáveres y que se abra una investigación judicial para esclarecer los hechos ocurridos en la frontera entorpecen la labor.

Decenas de hombres migrantes durante la protesta por la muerte de los migrantes el 24 de junio en la frontera MelillaNador, entre España y Marruecos.

En el interior del cementerio Sidi Salem, el más grande de la ciudad de Nador, algunos trabajadores comenzaron a cavar fosas en la parte más alejada de ese campo inerte. Los huecos, aseguraron, son para migrantes muertos en la frontera dos días atrás, pero no quieren hablar; los policías que custodian el perímetro del cementerio son un buen pretexto para ello. El silencio parece ser la única respuesta a cualquier pregunta en este baldío inerte o en cualquier otro lugar.

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Melilla tiene otras fronteras que no se ven, por lo menos no a simple vista, fronteras que no son físicas, pero que igualmente separan. A pesar de ser una ciudad multicultural, suma de las diversas migraciones que ha recibido en diferentes períodos históricos, las diferencias están claras entre los que llegan del sur y los que llegan del norte. Dos polos opuestos que conviven en una ciudad que parece funcionar en una aparente calma veraniega.

A medida que la recorro me resulta aún más indescifrable. Lo único claro aquí es que este territorio abarca mucho más que sus 12 kilómetros cuadrados de extensión territorial.

Encapsulada al sur por la frontera con Marruecos y al norte por el Mar de Alborán (parte del Mediterráneo), Melilla resulta un laboratorio migratorio entre quienes nacieron, quienes llegaron, quienes se fueron, quienes se van, quienes regresan, quienes esperan, quienes están de paso, e incluso para quienes no saben muy bien qué hacen aquí.

Cementerio Sidi Salem, en la ciudad de Nador, Marruecos.

Este pequeño tesoro al que la monarquía española se aferró a finales del siglo XV, cuando comenzó la expulsión del pueblo “moro” de la península ibérica, ha sido desde entonces defendido a capa y espada por cada gobierno de España. Como si la tenencia de este enclave al norte de África simbolizara y refrendara la potencia y grandeza colonial que algún día fueron.

De aquella conquista de 1497 se conserva impoluta una fortaleza de fines del medioevo, una masa de piedra y arena clavada entre peñascos que mira hacía la península ibérica. Fue construida después de la invasión y conquista de la zona como un fuerte de defensa para proteger la ciudad de los diversos ataques de que fue objeto debido a su ubicación estratégica en el continente.

Melilla, una de las ciudades menos españolas de España, desde su fundación ha tenido que proteger a este país y ha sido clave en la historia. Muestra de ello es que muchos de sus habitantes más viejos fueron o son familiares directos de policías o militares que migraron hace varias décadas para fortalecer la protección de la zona durante los diversos conflictos que ha tenido, como la Guerra del Rif. Después, este lugar retomó su importancia durante la dictadura de Francisco Franco. Tanto es así que en 2021 la última estatua retirada del dictador de España fue la de esta ciudad.

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La cerca en el cruce fronterizo de Beni Enzar está fuertemente asegurada a lo largo de la frontera.

José Eduardo es alto, con ojos brillantes y de color verde como las olivas. Tiene el pelo invadido de canas y poco más de 60 años. Es hijo de un exmilitar de Extremadura que llegó a Melilla durante la época franquista. José Eduardo se jubiló después de haber trabajado más de 30 años como ingeniero industrial en distintas provincias de España y regresó a su ciudad natal para vivir la vida que siempre soñó. Había comprado un apartamento con cuatro habitaciones en pleno centro de Melilla. La idea era vivir con su familia en este lugar, pero algo pasó en el camino para que el proyecto no se cumpliera. Sus hijos se fueron de Melilla, se separó de su mujer y terminó viviendo solo en una ciudad que ya no reconoce.

“La vida es esos sueños que uno planea para después no cumplirlos”, dice mientras contempla la ciudad amurallada con el mar de fondo desde el balcón de su habitación. Vive en un apartamento que alquila, porque al suyo le sobraba demasiado espacio para una persona. Ahora habita uno de los edificios más altos de la ciudad. Desde allí, en una tarde nublada y cobijada por los aires del “Levante”, España y Marruecos parecen ser un mismo lugar.

José Eduardo se ofreció a mostrarme algunos sitios de la ciudad que cada día le parece más ajena, una ciudad donde a su parecer cada día se habla más árabe que español. Es temporalmente mi casero y me alquila, mientras estoy aquí, ese apartamento que no habita más.

Vista desde lo alto del monte Gurugú. Al fondo, el puerto de Beni Enzar, que limita con Melilla.

“Antes la frontera no existía, nosotros corríamos y cruzábamos a Marruecos sin que nadie dijera nada; ahora con esta enorme valla parece que realmente vivimos en prisión”, dice. Habla de antes de 1971, cuando las primeras formas físicas de la valla aparecieron. Desde entonces, como si realmente se tratara de un ser orgánico, la famosa valla de Melilla —que es noticia cada vez que existe un intento desesperado de los migrantes por cruzarla— ha crecido y sufrido múltiples modificaciones, cada una más violenta y opresiva que la anterior.

Montados en su pequeño auto chino, José Eduardo conduce y me muestra distintos puntos que considera interesantes, como la Planta de Incineración de Melilla, un inexpresivo edificio blanco rodeado de torres metálicas encargado de procesar la basura y residuos que produce de esta ciudad de poco más de 80.000 habitantes. “En Melilla no producimos nada, no tenemos escapatoria, ni la basura puede salir de este lugar”, dice.

Después me explica que para él los grandes problemas de Melilla están definidos por su dimensión y su ubicación geográfica, que impiden la existencia o desarrollo de sectores productivos como la agricultura o la ganadería. “Somos una ciudad muy cara para España, incluso obtener agua potable en Melilla representa un reto”. Hace algunas décadas el gobierno español y el de la ciudad decidieron construir una planta desalinizadora de agua para paliar la escasez de agua potable.

Cuando nos acercamos a la frontera y recorremos los barrios periféricos de Melilla, José Eduardo se lamenta de los pobres “moros” españoles que viven en la pobreza. “Parece Marruecos“, dice, y tiene razón. No hay nada excepto esa enorme valla que haga diferencia entre uno y otro lado. Las casas en estos barrios marginales de Melilla siguen unificando criterios con sus vecinos. Colores, símbolos y personas parecen tener el mismo origen.

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Houssein, un joven migrante refugiado en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes en Melilla, España, alrededor de las instalaciones.

Se llama Roger y está tumbado sobre los restos de una cama vieja, dentro de un pequeño refugio improvisado muy cerca del Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes de Melilla. Es alto, atlético, con el pelo negro crespo y la mirada furtiva. Cuando habla parece profundamente determinado a lograr sus objetivos. Sabe que después de lo que ha vivido, su temperamento se ha fortalecido, ahora mismo parece una roca.

Salió de un pequeño distrito de Yamena, la capital de Chad, hace poco más de dos años. Los problemas con otros grupos étnicos y la falta de empleo lo empujaron a cruzar los 5.000 kilómetros que separan su antigua casa de esta guarida improvisada que ha montado junto a otros compañeros que tuvieron la fortuna de cruzar vivos la frontera.

Movilizados por distintos factores como la pobreza, la violencia originada por conflictos bélicos, los efectos cada vez más evidentes del cambio climático o simplemente por querer vivir en un contexto diferente al del lugar donde nacieron, cientos de miles de migrantes, sobre todo de África, intentan llegar año con año a territorio europeo. Según datos de la Organización Internacional para las Migraciones y la Unión Africana, de 258 millones de migrantes que hay en el mundo, 36 millones (14%) nacieron en África. De la migración africana, 53% se registra dentro de la propia África y 26% se dirige hacia Europa.

Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes en Melilla, España.

La mayoría de migrantes que hoy está llegando hasta Nador y Melilla ha cruzado cientos, quizás miles de kilómetros por África enfrentando tránsitos violentos desde sus países de origen —Chad, Sudán, Níger, Camerún, Ghana, Burkina Faso, entre otros—. También se ha enfrentado a la policía a lo largo de su recorrido. La hostilidad del inmenso desierto de Sahara, conflictos armados como el de Libia, el endurecimiento de las leyes migratorias de acogida de algunos países europeos como Italia, y más recientemente el cierre de muchas fronteras por la pandemia de covid-19, influyeron en la reconfiguración de las rutas que los migrantes van trazando y eligiendo en su intento por llegar Europa.

En su periplo Roger ha sufrido varias desventuras. La peor de ellas fue haber tenido que detener su viaje en Sabha, una ciudad al suroeste de Libia.

La “ruta de entrada a Europa a través de la ruta del Mediterráneo oeste” como se la conoce a esta vía de acceso por Melilla, es un largo viaje. Dependiendo del dinero con que se parta y la suerte que se tenga en el camino, puede durar entre uno y dos años antes de llegar al último obstáculo físico, una barrera metálica fuertemente custodiada a lo largo de 12 kilómetros. Fue construida en paralelo a los tratados que dieron inicio a la versión de la Unión Europea que conocemos ahora; una entidad política que difuminó las fronteras hacía adentro, pero que las reforzó hacia el exterior.

Vista de la ciudad de Melilla. Al fondo, Marruecos.

“Estuve preso durante siete meses en Sabha, la policía me detuvo en una redada”, cuenta Roger. A partir de entonces, un largo recorrido por distintos medios de transporte lo llevó a cruzar Argelia, donde las políticas de inmigración también se han endurecido. Cuando estuvo allí, Roger experimentó el miedo. Había escuchado muchas historias que aseguraban que cuando la policía argelina capturaba a los migrantes como él, los llevaban al desierto de Sahara y los dejaban allí en medio de la nada; un lugar donde sólo había dos opciones posibles: “caminar o morir”.

Después de cuatro meses de mucho andar, Roger pudo superar Argelia y llegar a Marruecos. Sin dinero, cansado y con muchos kilómetros por delante, pasó también varios meses escondiéndose por el país. Si sobrevivió, asegura, fue gracias a la ayuda que muchas familias marroquíes brindan a los migrantes. “La gente en Marruecos es buena, pero la policía no”.

Finalmente, su última morada antes de cruzar la frontera y estar sentado en medio de estos pocos arbustos que se atrevieron a robarle un poco de sombra a este sol implacable que cae sobre Melilla, fue el bosque del monte Gurugú, a 900 metros sobre el nivel del mar, muy cerca de la frontera. Desde lo alto, y a simple vista, ese pequeño y codiciado territorio que es Melilla parece completamente alcanzable, tanto como para abalanzarse directamente sobre él.

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Se escucha un grito tan fuerte y claro que hace retumbar los oídos y erizar la piel. “Las vidas negras importan”. Me encuentro en medio de una manifestación que algunas personas en Melilla califican de “histórica”. Nadie recuerda algo parecido en los últimos años; una protesta así de grande y organizada por los propios jóvenes “en tránsito” del Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes.

Son cerca de 100 hombres de piel negra, todos jóvenes, manifestándose por las calles de la ciudad y denunciando la actuación violenta que desplegaron los cuerpos de seguridad de España y Marruecos el 24 de junio, pero también denuncian las políticas migratorias racistas que criminalizan y endurecen su tránsito hacia Europa.

Llevan pancartas y algunas fotografías, imágenes impresas en hojas de papel que son brutales. Hombres, que pudieran ser cualquiera de los que hoy están reunidos aquí en la Plaza de España, aparecen ensangrentados, tumbados en el suelo o siendo maniatados por las fuerzas de seguridad. El aparente precio que hay que pagar por intentar aspirar a una vida mejor.

Aunque la plaza parece estar llena, realmente son pocos los melillenses que están aquí, apenas algunos curiosos y unas decenas de personas con la piel más clara, que también se sienten indignadas por el trato que reciben los migrantes. Son principalmente activistas y miembros de organizaciones sociales que han estado denunciando un aumento de la violencia y las violaciones a los derechos humanos desde la reanudación de la colaboración entre España y Marruecos en materia migratoria.

José Eduardo en su habitación en Melilla.

Solidary Wheels es una organización humanitaria independiente que comenzó a trabajar en la frontera casi a la par de la pandemia. El equipo de trabajo había tenido experiencia en otras zonas de conflicto y otras fronteras de Europa. Después de valorar la situación de la frontera entre Marruecos y España consideraron necesario instalarse aquí para comenzar a documentar y denunciar las vulneraciones de derechos humanos que sufren muchos de los y las migrantes que pudieron completar el viaje.

Desde sus redes sociales, Solidary Wheels ha publicado una serie de materiales que pueden ayudar a amplificar el contexto de lo que está sucediendo en la frontera. A partir de compartir sus historias con la comunidad, de contar su travesías, hacen un llamado a la libertad de movimiento, de tránsito, de vida.

“Dennos la libertad. Pedimos a toda la comunidad que nos acompañe y comprenda lo que hemos pasado y lo que nos ha hecho esta semana el gobierno marroquí”. La voz que se escucha es de un joven alto y espigado que salió de Sudán del Sur en 2014 y que vio a muchos de sus compañeros de viaje morir en el camino y bajo los golpes brutales de la policía marroquí.

Javier Moreno, un joven abogado que migró de Chile y que desde hace varios años ha trabajado en distintos colectivos por los derechos de los migrantes que llegan a territorio español, afirma que sabemos lo que está pasando pero nos cuesta reconocerlo.

Todavía conocemos demasiado poco de estos migrantes. Aunque sabemos de los peligros del viaje, las mafias que controlan las rutas, el trabajo forzado y las condiciones de las cárceles en Libia, así como las violencias policiales en las puertas de Europa. Sabemos que estos jóvenes, probablemente, no van a tener una protección jurídica que reconozca un status de asilo, porque escapan de persecuciones que difícilmente se pueden definir como individuales; las guerras, los conflictos tribales, las hambrunas no son razones suficientes para poder acceder al estatus de refugiado en esta Europa de las vallas.

La única esperanza es llegar y solicitar la protección internacional para quedarse, por lo menos, el tiempo necesario para que cada caso sea estudiado, para que cada vida sea puesta al escrutinio del gobierno, para que cada violencia sea puesta negro sobre blanco, con la esperanza de que cada historia como la de Roger, o la de cualquier migrante, sea lo bastante aterradora para merecer una estancia en el mundo que espera tras el Mediterráneo.

La toma simbólica de la plaza más importante de la ciudad por los jóvenes que esperan ser aceptados en Europa no hubiera sido imaginada un año atrás cuando la estatua de Franco seguía en pie a tan solo unos metros de aquí. De este tamaño es la desesperación, el cansancio y el dolor acumulado tras cientos y miles de horas de espera por un juicio que establezca, no sólo si las vidas negras importan: también si la vida por si misma tiene todavía un estatus suficiente para ser vivida.

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